Augusto Soloaga, una vida ligada a las algas

Soy Augusto Soloaga, y a mis 56 años miro hacia atrás y veo la larga trayectoria vivida en mi trabajo con las algas pardas en el sector de Piedra Azul. Mi historia con las algas comenzó en 1988, un año después del servicio militar. Desde entonces, he sido testigo de innumerables cambios y transformaciones en el sector. He presenciado, por ejemplo, la creciente importancia que han cobrado los productos bentónicos.
Estoy casado con Hilda Rojas, ella es recolectora, tiene 42 años. Cuando hay mucho trabajo en playa acudimos juntos para multiplicar los ingresos, porque hay épocas en las cuales el precio se pone complicado. Tenemos cuatro hijos, vivimos todos en casa. Todos estudian. El mayor tiene 22 años, se prepara para ser guardia de seguridad; la segunda, para ser parvularia; la tercera, mecánica; y la menor, de 12 años, todavía está en la escuela.
Contamos con todos los servicios básicos. Somos una familia muy ordenada, no tenemos vicios, destinamos el dinero para tener luz, agua, internet. Las algas nos dan un trabajo estable, una vida tranquila para mantener la familia, para que los hijos vivan bien.
Pero no todos los algueros somos iguales. Yo le saco más dinero al alga, le doy más tiempo de secado. Hoy en día los recursos no alcanzan para todo. Antes de la pandemia daba para ahorrar, ahora no. Los precios suben y hay escasez. Aun así, existen compañeros que no se dan cuenta de la importancia de secar el producto. Para mí, eso es como cuando uno tiene un animalito, hay que ir aprendiendo y eso cuesta años. Ahora sabemos que el valor agregado no va en la cantidad, sino en la calidad. Eso es algo que yo he aprendido en al menos 10 años. Cuesta mucho aprender a que la realidad del alga es sacar mejor precio-calidad.
Mis inicios como alguero…
Salí del servicio miltar en 1988. Llegué a Carrizal Bajo. Ayudaba a cargar camiones para los que compraban algas. Veía como hacían los fardos, cómo se sacaba, se tendía, se seleccionaba, y se fardaba. El huiro pardo había que sacarlo picado, con medidas, cortando con machete. Pagaban 5 pesos por kilo. Era muy difícil en esa época. Por lo tanto, sacábamos marisco y otros recursos porque el alga no daba para sobrevivir.
Nosotros somos algueros de antaño. Queremos que se comprenda que no somos pescadores, sino recolectores de algas.
Cuando comencé era todo libre. La persona que quería trabajar con algas sacaba, picaba y se retiraba. En la actualidad, existen muchos trabajadores flotantes en la colecta de algas. Con los años aparecieron las organizaciones, los sindicatos y las áreas de manejo. Como resultado, nos desplazamos. Hoy estoy a 10 km de carrizal. El sector donde me encuentro es un área libre, pero debo tener el RPA y estar inscrito.
Tenemos algas porque nosotros las cuidamos. Aunque esté abierto el barreteo, nosotros no barreteamos. Sabemos que hay que dejar descansar al alga un año para que alcance su estado maduro. El tiempo nos genera experiencia, yo he podido enseñar a mis amigos y hemos aprendido juntos a sacar algas sosteniblemente, para que el recurso pueda renovarse.
El sistema también nos empujó a evolucionar. Con el establecimiento de áreas de manejo quedaron pocas áreas libres. Donde estamos ahora, está abierto un proceso para que se convierta en un área de manejo. La gente está muy educada con lo que significa la extracción. Cada uno tiene alrededor de 300 mts de espacio. La gente respeta las áreas. Así hemos podido tener un trabajo tranquilo. Más al norte va cambiando, es más escasa el alga y va cambiando.
La sostenibilidad, una idea que nos une

Supe de la CONAACH en una reunión de algueros que se hizo en Totoral. Me gustó e informé al sindicato, que también se interesó con la idea de que existiera una organización de algueros que estudie el alga y vele por la sostenibilidad de este recurso.
Pero, nuestra prioridad es cambiar la idea que tienen las autoridades de que somos pescadores. Nosotros somos algueros, no estamos encima de un bote, trabajamos en la orilla. Y la CONAACH está ayudando a transmitir ese mensaje. Además, quiere cambiar la forma cómo se trabaja con el alga para que sea un producto de algueros, sostenible. También quiere modificar las leyes para abrir los ojos a las autoridades y que comprendan que deben separarnos de los pescadores para manejar mejor el recurso.
Nuestro único objetivo es dejar algo a nuestros hijos, que tengan un trabajo estable.
En mi caso, solo a uno de mis hijos le interesa el alga. Pero todos me apoyan. Les gusta saber al respecto, aunque tienen otros intereses. Sin embargo, existen familias en las cuales hijos y nietos sí se dedican o quieren dedicarse a la alguería. Nacieron, se criaron y quieren seguir con la actividad de sus padres.
Una de nuestras propuestas es que el Registro Pesquero Artesanal (RPA, número que identifica y acredita a recolectores artesanales ante el Servicio Nacional de Pesca) de personas que murieron, que se retiraron de las áreas, o de quienes simplemente no trabajan el alga, no se pierda. Estamos tratando de recolectar esos permisos para darlos a los hijos de algueros que no tienen recursos. Además, queremos garantizar que si a futuro se abren inscripciones para obtener el RPA (se otorga uno por persona, actualmente no se entrega), estos se distribuyan a través de organizaciones, no a personas. Queremos que los RPA se queden dentro de una federación, porque muchas veces estos números se pierden porque las personas no tienen conectividad o recursos y los números terminan entregándose a personas que no son algueras.
Yo pertenezco a un sindicato que tiene 35 miembros. Nuestro objetivo es convertirnos en una federación. Esto es clave, porque como federación son mayores las posibilidades de ser escuchado, se puede acceder a diputados y senadores.
Como alguero no tenemos muchas aristas. Nuestra vida es una línea recta. No hay mucha opción para la venta. En mi caso es diferente porque tengo años trabajando, y quiero que la situación cambie. Conozco comercializadoras, voy a las plantas y pregunto, pero no todas las personas tienen los medios o la capacidad para pensar y expresar lo que quieren hacer con sus algas. Si hacemos una federación, la negociación con las plantas mejorará.
A mí me gusta el mar, me gusta trabajar el alga. Me gusta saber que estoy haciendo las cosas bien para que futuras generaciones puedan agradecer y saber qué es un alga, un producto bentónico. Mi abuelo ayudó a crear un área de manejo, y yo quiero que su legado sea sostenible, que tenga frutos.